En este libro, Santiago Kovadloff reúne 21 ensayos en los que reflexiona sobre cuestiones comunes, la mayoría relacionadas con los libros y la lectura. Utilizo el adjetivo 'común' porque considero que las situaciones que plantea resultarán familiares para la gran mayoría de las personas.
Respecto al uso de la palabra ensayo, el autor cita al escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Yo pienso que el ensayo a la manera de Montaigne, Hazlitt, Lamb o Reyes, es una de las grandes bendiciones de la literatura: la libertad total, el gozo de decir las mayores verdades sin el compromiso de demostrarlo, la oportunidad de criticar a tus semejantes sin herirlos ni desear que cambien. (…) Sin embargo, pasan los años y el público español y latinoamericano oye decir ensayo e indefectiblemente piensa en trabajos académicos aburridos, y entonces lo rechaza y se pierde de disfrutar de un género enriquecedor a la vez que divertido. ¿Cómo deberíamos llamar al ensayo, cómo rebautizarlo para que esto no suceda?”.
Leer esto trajo a mi memoria a Octavio Paz y a Theodor Adorno... El primero, decía que el ensayo era “una forma que sin cesar se destruye y se recomienza: regresa a su nacimiento sólo para volverse a dispersar y volverse a reunir”. Y Adorno, sostenía que “ refleja lo amado y lo odiado, en vez de concebir el espíritu como una creación a partir de nada, según el modelo de una ilimitada moral del trabajo. Lo alacre y lo lúcido le son esenciales. Él no comienza con Adán y Eva, sino con aquello de lo que quiere hablar, dice lo que se le ocurre, termina donde él mismo cree que acabó y no donde nada más resta a decir: así él se insiere entre los despropósitos. Sus conceptos no se construyen a partir de algo primero ni se cierran en algo último”. Estas definiciones coinciden en la asombrosa capacidad de adaptación del ensayo, la cual permite que podamos expresarnos con libertad, sin temer a las normas fijas de un género literario.
Como mencioné al inicio, Kovadloff trata diversos temas en sus ensayos (la amistad, la inteligencia, el deber de la esperanza, la pasión por libros antiguos, etc.), pero quiero centrarme en el que más disfruté: Lecturas y lectores.
Como el nombre lo indica, este ensayo trata sobre la lectura, y creo que el autor sintetiza muy bien los motivos por los cuales leemos: “para aprender lo que desconocemos, para actualizar lo que ya sabemos, para distraernos de cuanto nos agobia, para buscarnos donde no estamos. Leemos para ganar convicciones o terminar de perderlas, para infundir a nuestras vidas un peso y una transferencia que suelen ser, desgraciadamente, los huéspedes fugaces de nuestras ilusiones”. (p.105)
También menciona esa mezcla de cariño y admiración hacia nuestros escritores favoritos:
“Los libros que amamos no son objetos sino presencias; presencias que con el tiempo llegan a ser reliquias, brújula, consuelo. La gratitud hacia un autor por los que nos ha dado escribiendo, puede llevarnos a peregrinar hasta su tumba si ya ha muerto o hasta su puerta, si es nuestro coetáneo. Más allá de la ramplonería que connota todo pedido de autógrafo, buscamos, en esa firma anhelada, la posibilidad de adivinar luego, admirándola, el secreto fundamento de la alquimia que esa letra es capaz de realizar con las palabras. (...) hay libros que nos han dado tanta vida como nuestros propios padres; y que hay autores de siglos distantes que revisten para nosotros tanta o más actualidad que nuestros vecinos”. (p.107)
Esto último, claramente hizo que pensara en lo que siento al leer a Montaigne; no importa que haya escrito su obra en el siglo XVI, yo siento que sus palabras pueden perfectamente pensarse en el siglo XXI. Incluso comparo, con cierta regularidad, sus escritos y los de otros autores y en algunas ocasiones lo comparo con mis propias producciones. Tal como afirma Kovadloff, "hay versos que perduran en nosotros acaso porque nosotros perduramos en ellos; ideas cuyo latido no cesa porque, al ser leídas, nos abrieron a un mundo de percepciones fundamentales; imágenes brotadas de alguna novela que nos enseñaron a reconocer nuestras predilecciones, a discernir que queríamos y cómo”. (p.106)
Por último, el ensayo Lecturas y lectores contiene una mención especial a la biblioteca personal, aquel mundo diminuto e inmenso al mismo tiempo en el que guardamos todas las historias y personajes que significan algo para nosotros.
“Toda auténtica biblioteca personal es una confesión. No remite primeramente al valor de lo que contiene sino a los valores de quien la formó. Los coleccionistas de libros podrán jactarse de la importancia objetiva de sus bienes, como lo hacen los museos que custodian incunables, manuscritos o primeras ediciones que la celebridad consagró. El lector cabal, en cambio, reivindicará el tesoro subjetivo que guardan sus anaqueles. Al referirse a la importancia de sus libros siempre estará remitiendo a sí mismo. Es que su propia trayectoria resulta indiscernible sin esas páginas predilectas, su propio nombre indisociable del nombre de aquel que las escribió”. (p.108)
No podría pensar otra definición de biblioteca personal, salvo la que escribió Borges: "A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que a los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector. (...) Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica".
Como podrán notar, este libro me permitió hacer conexiones con otros textos y autores; es algo que realmente disfruto porque se asemeja a una 'conversación' entre libros, una actividad que se debería fomentar aún más en las diversas instituciones educativas.
Bibliografía:
- Adorno, T. (2003). El ensayo literario como forma. En Notas sobre literatura. España: Akal Ediciones
- Borges, J.L (1998). Biblioteca personal. España: Alianza
- Kovadloff, S. (2006). Ensayos de intimidad. Argentina: Emecé
- Paz, O.(1974) Teatro de signos / transparencias. (Selección y montaje de Julián Ríos).Madrid: Editora Fundamentos

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